
A principios de los ochenta, próxima ya la adhesión de España a las Comunidades Europeas, los de mi generación fuimos persuadidos, velis nolis, de que hacia el lejano norte, en el lugar que un día fue centro neurálgico de los intereses continentales de España, bajo el cielo gris y tristón de Bruselas, nos esperaba un futuro lleno de promesas.>/p>
