
A principios de los ochenta, próxima ya la adhesión de España a las Comunidades Europeas, los de mi generación fuimos persuadidos, velis nolis, de que hacia el lejano norte, en el lugar que un día fue centro neurálgico de los intereses continentales de España, bajo el cielo gris y tristón de Bruselas, nos esperaba un futuro lleno de promesas.>/p> Allí habría de terminar felizmente el viaje, siempre aplazado, por el que a los españoles se nos iba a entregar la tierra prometida. Por fin nos sería dado contemplar ese anhelado Shangri-La del bienestar y de la democracia plena llamado Europa, redimiéndonos así de aquel pecado original que los propios Estados miembros de la organización a cuya puerta estábamos llamando se encargó de atribuirnos durante décadas, representado en el anfibológico sambenito que -entonces como ahora- nosotros, pobres hispanos, llevábamos colgado: “Spain is different”.
Un apelativo este de la España “diferente” que no traía consigo -¿porqué llevarnos a engaño?- más que una versión moderna, condescendiente y decididamente hipócrita de la leyenda negra desvelada a principios de siglo por Julián Juderías, producto de un descomunal esfuerzo propagandístico, prolongado en el tiempo y urdido desde fuera y desde dentro de nuestras fronteras, tras el que se escondía una venenosa sublimación de rencores, agravios e incomprensiones volcados sobre los restos de un imperio en el que hubo un tiempo en que no se ponía el sol. Fue así cómo, expiando culpas propias y ajenas, desde finales del siglo XVIII los españoles fuimos condenados progresivamente a ir formando parte de lo que nuestros enemigos consideraban una periferia insignificante, atrasada y folclórica, mientras ellos, acogidos al credo positivista de la modernidad, aparentaban avanzar con paso firme hacia la consecución del hombre nuevo, la quintaesencia de la superioridad moral y cultural, nada menos que el “homo europaeus”.
No lo consiguieron del todo. Envuelta en un proceso de decorosa decadencia, y quizá como fruto de la tensión entre diversas visiones en torno a su razón de ser, España supo acumular durante el siglo XIX y buena parte del XX un acervo intelectual y moral de primer orden, parangonable al que pudieron generar durante ese mismo período otros países occidentales. Distinto, peculiar, “alternativo” -se diría hoy- pero en modo alguno inferior.
Pasados los años, llegó el momento en que, con el entusiasmo frágil del converso unos, mediante la obtusa fe del carbonero bastantes, con la ingenuidad y candidez de quienes se juzgan inferiores la mayoría, casi todos terminamos por abrazar la última versión de la modernidad, la promesa de un futuro mejor, el nuevo credo europeísta. Una religión hábilmente comercializada por quienes sucedieron a los autores del andamiaje pacticio con el que se quiso poner fin al eterno conflicto franco-alemán, ese entramado diplomático con aires de proyecto de Paz Perpetua que comenzó con la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, seguida a los pocos años por el Mercado Común y la Euratom. Artífices que llevaban por nombre Robert Schuman, Konrad Adenauer y Alcide De Gasperi, quienes junto con su mayordomo funcionalista y funcionarial, Jean Monnet, quisieron ver en las Comunidades Europeas el mejor antídoto frente a un potencial nuevo Apocalipsis continental. Fueron sus sucesores algo menos ambiciosos, pues vendrían tiempos de mayor realismo político. Entre ellos hemos de destacar, en lo político, la influencia del sinuoso presidente François Mitterand y del venal canciller Helmut Köhl, asistidos por el hábil y sagaz Jacques Delors, recordado presidente de la Comisión. Mediante un conjunto de tratados sabiamente camuflados para cobrar una cierta apariencia constituyente y dotados de peregrinos nombres que hacían por aquel tiempo las delicias de la juventud universitaria dedicada a su estudio (Tratado de Fusión de los Ejecutivos, Acta Única Europea, Tratados de Maastricht y de Ámsterdam) estos próceres de la Europa unida llevaron al proyecto comunitario a experimentar un auge sin precedentes en los años noventa del siglo pasado.
Desde entonces, forzoso es reconocerlo, la Unión Europea se encuentra en caída libre. Ampliaciones poco meditadas y llevadas a cabo con criterios más próximos a ciertos intereses nacionales que al interés comunitario, proyectos fracasados de “constitucionalizar” la Unión, una manifiesta deriva ideológica hacia el globalismo que ha obviado sistemáticamente a sectores clave de los Estados miembros, las reiteradas excepciones concedidas al Reino Unido seguidas en último extremo por su abrupta salida de la Unión, la demostrada incapacidad de gestionar desafíos y conflictos internacionales como los de los Balcanes o la guerra ruso-ucraniana, son ejemplos que sirven por sí solos para explicar el creciente desafecto de los ciudadanos respecto a la construcción europea. Un proyecto europeo que está condenado al fracaso si no es capaz de superar sus deficiencias, en particular las que son, a mi juicio, más graves: el abandono de sus principios fundacionales y la falta de un verdadero proyecto político supraestatal.
Efectivamente, la construcción europea ha renunciado a sostener su acción en los principios que han informado históricamente el orden continental y que constituyen la herencia milenaria de occidente, a saber, los fundamentos de la cultura judeocristiana presentes ya en la doctrina de los padres fundadores, con la persona situada en el centro de la sociedad y la educación en libertad como base del desarrollo personal y motor esencial de la civilización, sustituyéndolos por un enfoque dialéctico orientado hacia la prevalencia de unos conjuntos sociales sobre otros y volcado en una experimentación educativa fundada en el adoctrinamiento y en la desaparición de criterios positivos de evaluación.
En segundo lugar, la Unión Europea carece en la actualidad y desde hace tiempo de una adecuada dirección política. A ello contribuye el hecho de que el Consejo Europeo siga siendo una instancia decisoria intergubernamental fundamentada en el principio de unanimidad. Por su parte, el Parlamento Europeo es un ente sobredimensionado que carece todavía hoy de un sistema electoral uniforme, que no responde a un interés común sino a intereses partidistas y nacionales, y que por momentos obra de instrumento de unos lobbies carentes de regulación y representantes muchas veces de intereses más que dudosos. Por último, la Comisión aparece como una institución errática atrapada a la hora de abordar las grandes cuestiones entre la sumisión a la voluntad unánime del Consejo Europeo y la presión ejercida por un Parlamento Europeo cuya legitimidad es más que discutible. Añadamos a estos aspectos estructurales la escasa capacidad de liderazgo y de visión de los actuales mandatarios de la Unión y tendremos ante nosotros una explicación a nuestra primera afirmación.
En síntesis, sin un proyecto ambicioso, pero al mismo tiempo factible, fiel a los principios fundacionales y con una idea clara del papel que Europa debe desempeñar en el ámbito internacional, que además se asiente sobre la base de una auténtica voluntad política y un respaldo decidido de la ciudadanía dentro de los Estados miembros, la Unión Europea estará perdida. Y también se habrán perdido por el camino todos los esfuerzos realizados en el pasado por varias generaciones de europeístas que, desde distintas perspectivas y militancias políticas, coincidieron en reconocer el hecho de que en la idea de superar las divisiones entre países es donde descansa la auténtica fuerza de Europa. Esa idea, que ha sido tradicional, y a mi entender erróneamente, asimilada al concepto de supranacionalidad no debería confundirse con el concepto de supraestatalidad, auténtico objetivo de los procesos de integración. Europa no puede ni debe ser la simple suma de un conjunto de naciones diversas con sus respectivas historias y particularidades, ni tampoco el producto de una superación de las mismas por la vía artificial y peligrosa del ejercicio de la hegemonía efectiva de alguna o algunas de ellas. Ya sabemos dónde nos ha conducido semejante actitud y en modo alguno deberíamos repetirla. Si la Unión Europea tiene sentido es sin duda partiendo de la creación de una entidad supraestatal, apoyada en instituciones dotadas de autoridad política plena y, por supuesto, políticamente responsables. Una auténtica Unión Política, objetivo abortado por primera vez en 1954, con el fracaso de la Comunidad Europea de Defensa. Años más tarde, en 1986, nuevamente detenido merced al sesgo intergubernamental introducido por el Acta Única Europea con la cooperación política. Finalmente, en 1992, postergado merced a lo dispuesto en el Tratado de la Unión Europea, que consagró la unión económica y monetaria pero dejó pasar la oportunidad de avanzar de manera decidida en el camino de la Unión Política.
Quizá piense alguno de los lectores que éstas no son sino divagaciones producto de la mirada nostálgica de un antiguo federalista y no propuestas pegadas a la actualidad de la construcción europea. Sin querer quitarles la razón, a todos ellos les sugeriría que reflexionaran sobre la utilidad del método funcionalista, los famosos “pequeños pasos” por los que se ha venido guiando desde sus orígenes la construcción europea, en un momento como el actual en que el mundo se encuentra en vísperas de grandes cambios. Prepararse para hacerlos frente no es tarea de un día ni de dos, pero sobre todo requiere de quienes están al frente una voluntad decidida de avanzar, de reforzar el nodo central de la acción política comunitaria a través de nuevos liderazgos capaces de conducirla por la senda de la Unión Política, apoyándose en reformas como la generalización del recurso a la mayoría cualificada, la reducción del papel del Consejo Europeo en favor de una nueva Comisión reforzada en sus perfiles políticos, dejando atrás su pasado burocrático, reduciendo tanto ella como el Parlamento Europeo su carga de trabajo en tareas administrativas e incrementando las decisiones de trascendencia política, progresando sin pausa, en definitiva, en el camino hacia un auténtico gobierno europeo.
Como leemos en el Eclesiastés todo tiene su tiempo, hay un tiempo para plantar y otro para cosechar, hay un tiempo para abrazarse y un tiempo para apartarse, hay un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz… Cómo ha de ser el nuevo tiempo que viene es algo que todavía no sabemos, sus perfiles son aún difusos y los escenarios cambiantes. Sin embargo, de lo que podemos estar seguros es de que los cambios en el guión, a todos los niveles, económico, social, político, humano, son sustantivos y que Europa no puede permanecer confusa, perdida como lo está ahora. Hay un tiempo para tomar decisiones y ha llegado la hora de tomarlas. La historia llama a la puerta de la Europa unida y es nuestro deber estar a la altura del desafío.