18 de febrero de 2025

EUROPA: UN TIEMPO PARA LA UNIÓN POLÍTICA

A principios de los ochenta, próxima ya la adhesión de España a las Comunidades Europeas, los de mi generación fuimos persuadidos, velis nolis, de que hacia el lejano norte, en el lugar que un día fue centro neurálgico de los intereses continentales de España, bajo el cielo gris y tristón de Bruselas, nos esperaba un futuro lleno de promesas.>/p>

12 de enero de 2025

A UN SIGLO Y MEDIO DE LA RESTAURACIÓN ALFONSINA

Como parece ser que es tiempo de conmemoraciones, que a mi juicio más parecen rememoraciones o desmemorias, traemos hoy al recuerdo un hecho de enorme trascendencia en la historia de España del que pasado mañana se cumplirán ciento cincuenta años: la triunfal entrada de Alfonso XII en la capital del reino

4 de noviembre de 2024

UN REY


Lo sucedido ayer en medio de las calles enlodadas del pueblo valenciano de Paiporta durante la visita de los reyes reviste una importancia excepcional desde el punto de vista humano, institucional e histórico.

20 de octubre de 2024

EL PROTOSIMBOLISMO DE LOS "JEROGLÍFICOS DE LAS POSTRIMERÍAS" DE JUAN DE VALDÉS LEAL Y EL "DISCURSO DE LA VERDAD" DE MIGUEL MAÑARA



Merced a la importancia otorgada al tema de la vanitas, la pintura barroca ofrece magníficos ejemplos del tratamiento simbólico de uno de los recursos alegóricos preferidos de los artistas decadentes: la muerte. Es en el contexto del esfuerzo por destacar la vacuidad de la vida donde debe encuadrarse la obra que bajo el título genérico de Los jeroglíficos de las postrimerías realizó el pintor hispalense Juan de Valdés Leal (1622-1690) por encargo de Miguel Mañara

13 de octubre de 2024

DECADENCIA Y MODERNIDAD EN EL OCASO DE LA CIVILIZACIÓN


Si echásemos la vista atrás para situarnos a mediados de los años ochenta, a muchos nos costaría establecer una correspondencia entre aquel mundo y el de ahora, ya que la sociedad y los individuos que la componen se estructuran hoy en torno a paradigmas culturales, prioridades políticas y planteamientos éticos completamente distintos a los que sostuvieron el andamiaje vital de la generación de entonces. Sin embargo, basta con extender un poco más allá nuestra mirada hacia el pasado para descubrir que conceptos ampliamente utilizados en la actualidad, como los de "modernidad" o "progreso", fueron afianzando su presencia en el discurso del pensamiento surgido bajo el influjo de la Revolución Francesa, para acabar tratando de mimetizarse más adelante con la noción de civilización, de la que no solo distan de ser sinónimos sino que, en no pocas ocasiones, vienen a significar exactamente lo contrario. Como contrapunto a ello vendrán a surgir, a lo largo del último tercio del siglo  XIX, distintos movimientos artísticos y literarios que se resistirán a asumir la derrota de la civilización, haciendo causa común y reclamando su legado. Todos ellos, agrupados en torno a la concepto de decadencia, realizaron una contribución fundamental al desarrollo de una teoría crítica de la modernidad que, en el momento presente, reclama un lugar de privilegio entre las corrientes de pensamiento llamadas a combatir las ideas materialistas dominantes, en todas sus variantes y declinaciones.

31 de diciembre de 2023

ESPAÑA NO ES EL PROBLEMA


Dentro de unas horas daremos la bienvenida al Nuevo Año. Con la llegada de 2024 -el tiempo pasa muy deprisa- estaremos prácticamente culminando el primer cuarto del siglo XXI. Un siglo  que ha ido mostrando, si bien es cierto que de forma más acelerada, los mismos perfiles que cualquiera de los precedentes: crisis económicas, guerras, tratados de paz, inventos, escándalos, conspiraciones, gobiernos que vienen y van… En definitiva, el siglo XXI no parece haberse alejado demasiado de los demás siglos en lo que a acontecimientos se refiere.


En todo caso, quizá pudiera afeársele el hecho de no estar mostrando esa pizca de espectacularidad que -para bien o para mal- tuvo, por ejemplo, su antecesor. En efecto, el siglo XX vio como tenían lugar dos guerras terribles entre pueblos pretendidamente civilizados, junto algunas otras de menor escala, como la guerra civil española, que sin embargo fueron igualmente desastrosas para quienes las padecieron en sus carnes. El siglo XX contempló asimismo la caída de regímenes centenarios (la Rusia zarista, el  imperio Británico) y de algunos que pretendían serlo (el III Reich alemán, la Unión Soviética). También asistió el siglo XX a acontecimientos trascendentales como el estallido de la bomba atómica, los vuelos supersónicos, la llegada del hombre a la luna o el surgimiento de internet.


De modo que al presente siglo le espera una dura tarea si quiere llegar a alcanzar las cotas de grandeza -y de horror- de su antecesor. En cualquier caso, el siglo XXI ha sabido cultivar una herencia que su abuelo (el XIX) y su padre (el XX) le dejaron. Esta herencia no es otra que la sacralización del concepto de modernidad. Una noción, la de modernidad, sobre la que no puedo detenerme mucho en esta breve nota de fin de año, pero que en síntesis consiste en fundamentar la idea del hombre en la idealización del progreso y el rechazo frontal a la tradición. Ese fue el debate que se abrió en el siglo XVIII con la ilustración, y que degeneró, al radicalizarse, con la Revolución francesa, para proseguir, con sus altos y sus bajos, a lo largo de los siglos XIX y XX, dividiendo y enfrentando a las sociedades occidentales, sin que hasta hoy se hayan realizado demasiados esfuerzos de síntesis en el plano intelectual y político que puedan calificarse de auténticos, en el sentido de estar movidos por un sincero y legítimo espíritu de concordia.


En España, a este debate le han sido dedicadas páginas notables, como las que escribieron en 1949 Pedro Laín Entralgo y Rafael Calvo Serer. En su ensayo “España como problema”, el doctor Laín Entralgo se interroga sobre la necesidad de resolver lo que el califica como “problema”, la pervivencia en nuestro país de un sustrato tradicionalista, católico y monárquico que impediría el avance de la sociedad. En apretada síntesis, la principal solución al mencionado problema consistiría en adoptar la vía de la “europeización” de España, aspecto que conecta las ideas del intelectual turolense con las de algunos de los republicanos entonces en el exilio, pensemos, por ejemplo, en Salvador de Madariaga. La evolución posterior de Laín desde el falangismo hacia posturas demócrata-cristianas vendría a confirmar esta idea.


Por su parte, ese mismo año, el Catedrático de Historia Rafael Calvo Serer, publica otro ensayo, considerado una respuesta a las tesis expuestas en el libro de Laín Entralgo, titulado “España, sin problema”. Considera a lo largo de sus páginas el historiador valenciano que tal problema, si en algún momento lo hubo, dejó de existir tras la Guerra Civil pues la unidad de España en torno a los valores tradicionales y al catolicismo como religión del Estado era un hecho incontrovertible. Ciertamente, son varios los desafíos que España tendría frente a sí, pero no existiría un problema de convivencia, una tensión no resuelta -diríamos- entre tradición y modernidad, entre pasado, presente y futuro. No obstante, monárquico como era, Calvo Serer evolucionaría más adelante hacia posiciones liberales, esencialmente contrapuestas al franquismo que determinarían su exilio a principios de los años setenta.


¿España, pues, como problema o España sin problema? Ambas afirmaciones tenían en 1949 algo de cierto y también algo de falso. La contraposición de los conceptos de modernidad y de tradición parte de un planteamiento esencialmente dialéctico y, por tanto, solo aceptable en todos sus términos por quienes se aproximan a la cuestión, quiéranlo o no, desde planteamientos sociológicos e históricos cercanos al marxismo. La negación del problema, por su parte, se fundamentaba en una premisa falsa: la unidad de España en torno al régimen y a los valores que este representaba, excluía a exiliados y discrepantes, entre los que se encontraban no solo republicanos sino también muchos monárquicos, es decir, los legítimos representantes del principal referente social y político asociado a los valores tradicionales.


Y ambas afirmaciones seguirían compartiendo esa doble naturaleza -en parte ciertas, en parte falsas- hasta la entrada en vigor de la Constitución de 1978. Con todos sus defectos y limitaciones, de los que un poco más adelante hablaremos, el nuevo régimen, con su marco constitucional, venía a confirmar por primera vez en más de un siglo la existencia de una voluntad de reconciliación entre los españoles, combinando elementos propios de la tradición -la monarquía- con otros pertenecientes al ámbito de la modernidad -democracia parlamentaria-. Bajo el régimen del 78 se pudo hacer realidad el anhelo de “europeización” y democratización contenido en el ensayo de Laín Entralgo, sin por ello prescindir de los aportes fundamentales de la tradición representada por la Corona: la unidad entre todos los españoles y sus territorios, la continuidad histórica de España y la neutralidad en la jefatura del Estado. La adopción de este acervo inconmensurable contenido en los títulos Preliminar, Primero y Segundo de nuestra Constitución, vino, pues, de algún modo a dirimir la polémica entablada entre quienes sostenían que a la idea de España subyacía un problema sin resolver y quienes consideraban que a España -es decir a la idea que los españoles teníamos de ella- no le acuciaba problema alguno. 


Al menos eso creíamos muchos hasta que vimos las consecuencias del monumental error que supuso considerar el Título VIII de la Constitución como un proceso abierto. No entraré en detalles aquí, lógicamente, pero baste mencionar que desde el comienzo en la Constitución se consagra un acceso a la autonomía por distintas vías así como un proceso de transferencia de competencias a distintos ritmos y con distintos niveles. Después vendría la LOAPA y su inconstitucionalidad “parcial”, el “café” para todos, los enjuagues fiscales y presupuestarios, el crecimiento exponencial de su administración, los efectos perversos de la educación diferenciada, el terrorismo, los crímenes de lesa patria cometidos por unos y por otros, la insurrección… en fin, para que seguir…. Todos sabemos dónde nos encontramos hoy.


España no es un problema, pero España sí tiene un problema. Y el problema no lo tienen todos los españoles, solo lo tienen algunos españoles que no están conformes con serlo y por ello dicen que España es un problema. Y mientras ese problema que tienen algunos españoles -que además muchos de ellos son catalanes y vascos- sigan sin resolverlo, todos tendremos problemas. Si España es un problema… ¿por qué seguir aceptando el dinero del resto de los españoles? El auténtico patriota no acepta dádivas ni se detiene a hacer cuentas con el invasor. Su identidad no está a la venta, su dignidad como sociedad no lo permite. Pero -mira por dónde- estos sí que aceptan el óbolo que el gobierno les presenta, es más, han hecho de ello un modo de vida, una forma de supervivencia política. 


Mientras, enfrente, tenemos hoy a la otra parte del problema: el presidente, su gobierno y la mayoría parlamentaria que lo sostiene. Todos, sin excepción, partidarios del progreso y de la modernidad. Para ellos, España se presenta también como un problema, el de ver cómo dividir cada día más a los españoles con el fin de que el río revuelto les devuelva su ganancia en forma de votos y de apoyos parlamentarios. La Constitución del 78 ha sido y está siendo desmantelada empezando por su armazón más frágil: el Título VIII. Otras partes que se refieren a los derechos y la igualdad entre los españoles también se están viendo desvirtuadas merced a la acción de este gobierno. El principio de separación de poderes corre serio peligro. Ya solo resta urdir un último ataque a los fundamentos constitucionales que sostienen nuestra convivencia y garantizan la unidad de España y su continuidad histórica. Quienes consideran a España un problema -o sea, su problema- no van a parar a la hora de tratar de convencernos de ello, mucho menos cuando desde el poder ejecutivo se les está invitando cotidianamente a hacerlo. Pero tengamos clara una cosa: España no es el problema. El problema finalmente es y ha sido creer que entre los partidarios de la modernidad, esa mayoría parlamentaria -que no social- que hoy sostiene al gobierno, ha existido en algún momento una voluntad leal y sincera de promover la reconciliación, la unidad y la igualdad entre todos los españoles, sancionada en nuestra Constitución y personificada en la figura de Su Majestad el Rey, bajo cuyo firme e inquebrantable liderazgo debemos acogernos en este Nuevo Año todos los españoles de bien, a quienes deseo lo mejor en 2024.