13 de octubre de 2024

DECADENCIA Y MODERNIDAD EN EL OCASO DE LA CIVILIZACIÓN


Si echásemos la vista atrás para situarnos a mediados de los años ochenta, a muchos nos costaría establecer una correspondencia entre aquel mundo y el de ahora, ya que la sociedad y los individuos que la componen se estructuran hoy en torno a paradigmas culturales, prioridades políticas y planteamientos éticos completamente distintos a los que sostuvieron el andamiaje vital de la generación de entonces. Sin embargo, basta con extender un poco más allá nuestra mirada hacia el pasado para descubrir que conceptos ampliamente utilizados en la actualidad, como los de "modernidad" o "progreso", fueron afianzando su presencia en el discurso del pensamiento surgido bajo el influjo de la Revolución Francesa, para acabar tratando de mimetizarse más adelante con la noción de civilización, de la que no solo distan de ser sinónimos sino que, en no pocas ocasiones, vienen a significar exactamente lo contrario. Como contrapunto a ello vendrán a surgir, a lo largo del último tercio del siglo  XIX, distintos movimientos artísticos y literarios que se resistirán a asumir la derrota de la civilización, haciendo causa común y reclamando su legado. Todos ellos, agrupados en torno a la concepto de decadencia, realizaron una contribución fundamental al desarrollo de una teoría crítica de la modernidad que, en el momento presente, reclama un lugar de privilegio entre las corrientes de pensamiento llamadas a combatir las ideas materialistas dominantes, en todas sus variantes y declinaciones.

* * *
Dejando de lado la controvertida discusión entre "civilización" y "cultura", términos de los que se apropiaron a finales del siglo XIX británicos y alemanes, respectivamente, para condensar en un solo concepto su particular visión del mundo -tiránica y supremacista en ambos casos por más que la acusación de ser tales se haya producido históricamente en un sentido más que en el otro-, la palabra civilización, hoy prácticamente desterrada del vocabulario occidental, tuvo otros sentidos y constituyó en otro tiempo timbre de distinción para quienes practicaban un estilo de vida alejado de los lugares comunes y de la vulgaridad intrínseca a los usos y costumbres mesocráticos. Usos estos exhibidos por una franja de la población que, tras el final de la Gran Guerra, tenderá a verse considerablemente ensanchada, convirtiéndose -como antes lo hicieran los estratos proletarios de la sociedad- en una masa informe sometida a los designios de la alta burguesía y de los caudillos de los partidos políticos, rectores ambos, a partir de 1919, de los destinos de Occidente.

Ciertamente, los horrores causados por la guerra, los cientos de miles de cuerpos martirizados cuyos restos quedaron esparcidos entre el lodo de las trincheras, los paisajes desolados, sembrados de cráteres producidos por el estallido de los obuses, la abrupta y caprichosa desmembración del Imperio Austro-húngaro que provocó el exilio forzoso y el consecuente desarraigo de millones de seres humanos, la mezquindad y la vesania con que los políticos se acusaron los unos a los otros de ser responsables de la masacre, en suma, el revanchismo, la animadversión y el odio que aquel conflicto generó entre los europeos, fueron los principales, aunque no los únicos, motivos por los cuales occidente nacería a una nueva época, poniendo definitivamente fin a siglos de civilización e inaugurando con un espeluznante espectáculo de fuegos fatuos un orden nuevo, asentado sobre un paisaje de humeantes ruinas, de anónimos osarios y de silenciosos campos de labor, que poco antes lo habían sido de batalla. Ningún poeta  supo describir mejor que Apollinaire ese hecho trascendental, cuando en Caligramas escribía:

 “(…) Y cuando, avanzada ya la tarde 
Por Fontainebleau
Llegamos a París 
En el preciso instante en que se anunciaba la movilización 
Comprendimos mi camarada y yo 
Que el cochecito nos había conducido a una época Nueva 
Y aunque ambos éramos ya hombres maduros 
Acabábamos sin embargo de nacer.”

El caso es que la barbarie, antítesis de la civilización, parecía constituir hasta entonces patrimonio casi exclusivo de las masas proletarias, unas masas cuyo comportamiento, desde que por toda Europa corriera como la pólvora  la noticia de los terribles acontecimientos de la Comuna de París (1871), comenzó a producir espanto en la pequeña y mediana burguesía. Entretanto, los plutócratas, los miembros de la aristocracia y la mayor parte de los medios intelectuales europeos parecían conformarse con observar los fenómenos sociales con una cierta indiferencia, cuando no con la simpatía condescendiente de quienes consideraban la "cuestión social" como un simple asunto de beneficencia.

Ruinas del Palais des Tuileries, incendiado durante los acontecimientos de la Comuna de París

Claro que ellos estaban centrados en otros debates. Como el generado a raíz del Affaire Dreyfus, un torbellino periodístico y político -construido a partir de una falsa maquinación- que no obstante constituye un ejemplo paradigmático del nuevo estado de cosas, en la medida en que no sólo se produce como consecuencia del cierre en falso de las heridas causadas por la guerra franco-prusiana de 1870, sino que trasciende los hechos en cuestión para poner de manifiesto la existencia de una división profunda en el seno de las sociedades occidentales. Una división que se deja traslucir en el conflicto de orden ideológico y moral que enfrentará a los partidarios de conservar lo que quedaba del orden antiguo y los defensores de la creación de un orden nuevo a partir de la demolición de los cimientos de aquél.

De lo que no cabe ninguna duda es de que, a principios del siglo pasado, buena parte de las capas medias de la sociedad -principal producto de las revoluciones burguesas- había adoptado ya, puede que sin apercibirse completamente de ello, posturas y ademanes incivilizados en el progresivo avance de occidente hacia una sociedad materialista, huérfana de referentes morales y espirituales. En efecto, durante esos años se asistirá a una alarmante subida de tono del lenguaje periodístico; también se podrá ver cómo las intrigas y los atentados políticos se hallan a la orden del día; la sensación de que las sociedades europeas viven permanentemente en medio de un clima prebélico terminará por hacerse evidente; por desgracia, el fantasma de la revolución y el de la contrarrevolución serán agitados por unos y por otros en perjuicio de la convivencia pacífica entre todos. El siglo XX arrancará así en medio de incertidumbres que no habrán de ser sino el sombrío presagio de la terrible tragedia que estaba por venir, la Gran Guerra, a la que hemos hecho más arriba referencia. Tras un período de obligada calma para mitigar los estragos producidos por la tormenta de 1914, la alta burguesía, nueva clase dominante de occidente apoyada en unas democracias parlamentarias que descontentan por igual a los estratos bajos y a las capas medias de la sociedad, cree estar -una vez solventado en su favor el sangriento conflicto- al mando de una nave segura.

Nada más lejos, sin embargo, de la realidad. A proletarios y pequeñoburgueses les unía un sentimiento común de rechazo hacia las clases dominantes, a las que ambos señalan como culpables de los gravísimos desequilibrios sociales, económicos y territoriales originados a partir del nuevo orden consagrado en el Tratado de Versailles. Ello no sucederá tan sólo, como podría parecer obvio, entre las poblaciones de las potencias vencidas, sino que se verificará asimismo en amplias capas de población de las potencias triunfantes. Lo cierto es que esa creciente animadversión hacia quienes creían culpables de su mala situación llevará, de una parte, a colocarles en una posición de abierta ruptura con instituciones como la monarquía y la iglesia -instituciones que, en el caso de las clases medias, habían sido tradicionalmente sus principales referentes- y, de otra parte, a volver la vista, cuando no a participar activamente, ante la realización de actos de pura barbarie, como el terrorismo callejero, el asesinato político, la mentira y la delación -casi siempre encubridoras de la vindicta personal- o la destrucción del patrimonio histórico y cultural, entre otros. De este proceso, el concepto de civilización saldrá inevitablemente tocado, pasando a ser sustituido por los nuevos mantras de la propaganda ideológica de uno y otro signo: cultura, progreso, futuro, modernidad..., conceptos todos ellos que encubren una clara intención de ruptura con el pasado, arrinconando y destruyendo su legado, al tiempo que creando nuevas categorías de pensamiento destinadas a encubrir y a justificar la necesidad de que dicha ruptura deba realizarse a costa de fomentar la barbarie imperante, con las desastrosas consecuencias para la humanidad cuya sobrecogedora dimensión hoy bien conocemos.

Filippo Tommaso Marinetti, Marcia Futurista (1916)

De este modo, al filo de los fatídicos años treinta, las que hasta aquel momento no eran sino meras manifestaciones externas de desencanto con los regímenes establecidos se fueron tornando en conductas conniventes con los movimientos totalitarios y las ideologías disolventes, corrientes políticas que, con el concurso de los grandes poderes económicos y financieros, serían responsables directas del advenimiento de la siguiente guerra. En suma, transcurrido algo más de medio siglo desde una de sus más grandes manifestaciones, los terribles acontecimientos de la Comuna de París, la barbarie había terminado por penetrar en el solar de la civilización occidental. Y lo haría dejando tras de sí un tenebroso paisaje intelectual, sembrado de sofismas, de nuevos vocabularios -tan nuevos como ambiguos- y de falsedades históricas que, por una parte, contribuirán a formar la columna vertebral del credo nacional-socialista, cuya puesta en práctica supondrá acabar con la vida de millones de personas, y, por otra, constituirán el andamiaje sustentador de las doctrinas dominantes en la segunda mitad del siglo XX, entre ellas el existencialismo y el estructuralismo, sistemas de pensamiento herederos directos del idealismo hegeliano y del materialismo dialéctico, que servirán de sostén intelectual para la expansión del comunismo soviético -otra ideología que también terminará con la vida de millones de seres humanos- en los cinco continentes. Ambas escuelas filosóficas, existencialismo y estructuralismo, abrirán las puertas a lo que años más tarde vendría a denominarse postmodernidad, concepto éste que, en último extremo, obrará como palanca intelectual de apoyo de los movimientos subversivos de comienzos de este siglo, cuyo principal objetivo no es otro que asestar un enésimo golpe, definitivo y mortal, a la que sin lugar a dudas es su principal enemiga: la civilización.


Decadencia y modernidad

El lector sabrá disculpar esta tediosa introducción, tan enfadosa como necesaria para tratar de explicar a través de qué procesos y por medio de qué ideas la civilización ha alcanzado hoy el mayor grado de decaimiento experimentado desde la disolución del imperio romano de occidente, culminada por las invasiones bárbaras. Como hemos visto, nuestra civilización inició lentamente su inexorable cuesta abajo en el último tercio del siglo XIX. Sin embargo, en un postrer pero maravilloso esfuerzo por preservar su esencia, por prolongar hasta donde fuera posible su existencia agonizante, surgen en contraposición al positivismo, al realismo y al naturalismo una serie de movimientos -a los que por razones de conveniencia expositiva englobaremos bajo el apelativo de decadencia o decadentes- que abogan por la renovación de los ideales estéticos, explorando nuevas formas de llevarlos a la práctica, a través principalmente de una sublimación de los sentidos y de una elevación del espíritu que persiguen transformar las ideas, desde su más íntima esencia, en expresión artística total. Una vez superada la etapa parnasiana, que supuso un distanciamiento de la subjetividad y la pasión características del romanticismo, ambos elementos retornarán con fuerza, al atravesar el ecuador del siglo, aunque envueltos en distintas vestiduras. Liberada de las ataduras formales y conceptuales con las que el parnasianismo sujetó durante un breve período a los jóvenes artistas, será la búsqueda del símbolo, como máxima expresión en la prosecución del ideal, la que va a animar el estro sublime de los poetas malditos; la que envolverá de un aura de misticismo y fantasía las telas de buena parte de los grandes maestros de la pintura de la segunda mitad del siglo XIX; la que habrá de franquear el paso a nuevas formas de expresión que prolongarán su reinado a comienzos del siglo XX (asunto sobre el que volveremos más adelante); la que -en definitiva- constituirá un último, desesperado y magnífico intento por salvar nave de la civilización, con todo su cargamento milenario de arte, pensamiento y valores, del inevitable naufragio en las procelosas aguas del materialismo y de la modernidad.

Charles Baudelaire, fotografía de Nadar (1855)

Una modernidad cuya filiación paterna se atribuye con frecuencia a conspicuos representantes de los movimientos a los que venimos haciendo referencia. Así, vemos como Baudelaire es considerado por muchos el precursor de una renovación del lenguaje poético que cristalizará, a comienzos del siglo XX, en la obra de los poetas de vanguardia. Otro tanto ocurre con las ensoñaciones y los escenarios fantásticos presentes en la obra de un Böcklin o un Khnopff, fuente de inspiración estética y temática de no pocas creaciones posteriores alumbradas en el seno de movimientos que, como el surrealismo, consagrarán parte de sus esfuerzos a explorar los recovecos del subconsciente y visitar las íntimas pulsiones del ser humano. No obstante, la cuestión de la conexión de las vanguardias con los artistas del ámbito decadente resulta, empero, un asunto discutible, aunque probablemente poco discutido, sobre el que pasamos a continuación a hacer algunas observaciones.

Nada más lejos de nuestra intención que pretender en unas pocas líneas abrir un debate sobre la influencia ejercida por los movimientos renovadores del arte y la literatura del siglo XIX en la conformación de los principios de la modernidad. No obstante, parece obligado poner de manifiesto el hecho de que a la noción de modernidad -en particular a la interpretación que de ella harán las vanguardias- subyace una voluntad de ruptura con las manifestaciones artísticas del pasado, incluidas aquellas que les preceden inmediatamente. Ese mismo impulso rupturista lo experimentan, es cierto, algunos de los artistas de la órbita decadente. Sin embargo, serán muy pocos, por no decir ninguno, los que lleven esa voluntad de distanciamiento respecto del pasado hasta los extremos mostrados por las vanguardias, convencidas éstas de la necesidad de hacer tabla rasa, de llevar a término, en definitiva, un programa completo de "destrucción del arte". Es más, uno de los principales reproches que en el pasado se hizo a los artistas decadentes fue su decidida -y exagerada en opinión de sus detractores- exaltación del arte como expresión autónoma de los sentimientos, alejada de todo objeto que no persiguiese como único fin la revelación de la belleza. Una postura, contraria a un tiempo a los excesos individualistas del romanticismo y a la vulgaridad  del realismo, que adquiere carta de naturaleza en la fórmula parnasiana hecha famosa por Théophile Gautier: "l'art pour l'art". En este sentido, cabe pensar que las concomitancias y los nexos de unión, cuando los hubiere, entre las vanguardias y los movimientos decadentistas pudieran mas bien ser fruto de un impulso momentáneo, de una inspiración circunstancial o de una existencia de afinidades particulares, no pudiendo en modo alguno afirmarse que exista una relación de causalidad entre ellos, ya sea fundamentada en la asunción de las ideas estéticas, ya sea tomando como base la plena adopción de los imaginarios, los lenguajes o las técnicas expresivas propias de los movimientos decadentes.


Ideas y temas decadentes

Como puede verse, hemos venido utilizando hasta ahora el término decadencia para designar al conjunto de las expresiones artísticas y culturales características del último esfuerzo realizado desde los ámbitos de la literatura, de la música, de las bellas artes y, en buen número de casos, desde la propia experiencia vital, para tratar de salvar a la civilización de su cíclico e inexorable final. Dotado de una connotación peyorativa en sus comienzos, el concepto de decadencia, si bien en su general acepción es sinónimo de decrepitud, de decaimiento y de incuria, también puede serlo de renovación, de pujanza y de resurrección, en la medida en que el renacimiento de las civilizaciones, verificado siempre bajo nuevas formas, pero acometido también desde la preservación de la esencia de las precedentes, no hubiera podido llevarse a cabo sin que aquéllas hubiesen sufrido previamente un proceso de disgregación de sus elementos fundacionales y de disolución de sus esencias espirituales, en definitiva, un proceso de completa decadencia.

Protagonistas activos de este proceso, los decadentes -a los que es preciso no reducir a la estrecha nómina de quienes militaron en el movimiento finisecular que se conoce por el nombre de decadentismo- fueron capaces de encontrar múltiples formas de expresar unas ideas que, desde su lucidez precursora de la catástrofe, muy pocos en su tiempo supieron comprender. Así, unos trataron de afirmar su repulsa a cuanto representase materialismo y naturalismo a través de la huida, real o figurada, hacia otros planos de realidad. Otros, optaron por la vía de la sublimación de la belleza y de la estética como forma máxima de expresión. Sublimación que se traduce, por un lado, en una cierta afirmación de la individualidad -aspecto en el que enlaza directamente con el romanticismo- y, por otro, en un intento de proporcionar un envoltorio digno a ideas tan puras e incontaminadas como las que acorren a la mente de los artistas decadentes. Prosiguiendo la catalogación de la nómina de decadentes, añadamos que algunos quisieron encontrar en la religión católica la síntesis perfecta estética y simbólica, por lo que se dispusieron a iniciar el camino de la conversión. Bastantes, por su parte, optaron por dirigir sus pasos hacia misticismos por completo extraños a la civilización occidental, en la convicción de que hallarían en ellos la llave para escapar al ominoso signo de los tiempos que acechaba. Muchos, iniciaron un viaje de regreso al pasado, en un desesperado intento por recobrar impulso, por rescatar la esencia de los ideales morales y estéticos de la época medieval o de la antigüedad clásica. Finalmente, y esto es lo que proporciona cierta coherencia y homogeneidad al conjunto de artistas que agrupamos bajo el nombre de decadentes, todos ellos hicieron profesión de fe, en favor de tres principios. El primero, la afirmación de la subjetividad, de lo personal frente a lo colectivo, como respuesta a las doctrinas que anteponen la colectividad al individuo, la letra de las leyes a su espíritu y las cosas, la materia, a las ideas, al alma. El segundo, la superioridad del fondo frente a la forma, lo que en el campo de las bellas artes ha determinado que los artistas decadentes fueran tachados en ocasiones de academicistas. Ignoraban por supuesto estos críticos que el símbolo es un todo, una perfecta conjunción de ideas y formas puras que tiene por fin evocar en el espectador o en el lector una visión trascendente, esencial, superadora de la realidad circundante. De ahí que los decadentes ofrezcan una panoplia de recursos estéticos muy variada, que no responde a patrones preestablecidos, más allá de que exista, en el campo de las bellas artes, una cierta preferencia por la figuración, así como una relativa predilección por algunos de los temas presentes en la obra de los grandes maestros de la decadencia literaria como Baudelaire, Rimbaud o Edgar Allan Poe. El tercero y último, el principio de libertad expresiva, como manifestación de un deseo de libertad más íntimo, en virtud del cual artista y destinatario pueden, e incluso deben, experimentar sensaciones distintas ante la contemplación de la obra de arte. Ésta se convierte así en un vehículo de aproximación a las ideas desde perspectivas morales y vivencias sentimentales eventualmente divergentes, absolutamente individuales en su concepción y por completo diversas en sus manifestaciones.

"El cuervo", de Edgar Allan Poe, ilustración de Gustavo Doré (1884)

Expuestas, siquiera en forma sucinta, algunas de las ideas estéticas y de los vehículos de expresión, es hora de detenerse un momento en los principales temas que están presentes en la obra de los artistas del ámbito decadente. En la mirada nostálgica hacia la antigüedad clásica encontramos muchas veces el punto de partida del viaje en que se embarcarán los decadentes. Los artistas transitan así entre las arcanas ceremonias del paganismo primitivo, evocadoras de un mundo en que el hombre conectaba a través de ritos estacionales con las fuerzas profundas de la naturaleza y el cosmos, y la magnificencia de los escenarios de la Grecia y la Roma clásicas, que sirven de marco a modelos de belleza canónica, al mismo tiempo enigmática y misteriosa. El poder de seducción, la magnética atracción que ejercen sobre el hombre común los personajes y las criaturas que pueblan los antiguos mitos son, sin duda alguna, temas recurrente entre parnasianos y simbolistas. Por su parte, la recreación de los escenarios medievales donde se proyectan los ideales caballerescos se encuentra asimismo presente en no pocas de las manifestaciones de la decadencia. Buena muestra de ello nos la ofrecen los pintores prerrafaelitas cuya influencia se extiende a un gran número de representantes del simbolismo tardío. No puede dejarse de mencionar en esta enumeración de temas propios del universo decadente la combinación del paisaje real con el paisaje fantástico, aspecto éste que -de manera particular en el simbolismo- no sólo constituye material específico de reflexión para el artista, sino que muchas veces se ve transformado en auténtico protagonista de la obra. Esta naturaleza dual del paisaje (realidad y ficción, escenario y protagonista) no pasará desapercibida para las vanguardias que serán las principales feudatarias de la experiencia decadente en la materia -especialmente, aunque no de forma exclusiva, en el caso del surrealismo-. Muchos otros temas merecen ser mencionados, si bien tan sólo  nos conformaremos con enumerarlos ya que gran parte de ellos son exclusivos del simbolismo -una de las principales corrientes dentro de la esfera decadente- y no pueden ser considerados en sentido estricto patrimonio común de la decadencia. Así, entre otros, destaca el tema de la “femme fatale”, tantas veces personificada en la figura de Salomé, que se manifiesta como una fuerza dominadora y perversa, rebosante de erotismo, por la que el hombre se siente atraído de forma ineluctable a sabiendas de que ha de conducirle a su total perdición. En esta misma línea de contraposición entre Eros y Thanatos, lógicamente también está presente -de manera singular en el simbolismo- el tema de la muerte, que por regla general se muestra desde un ángulo marcadamente subjetivo y se presenta desde una perspectiva idealizada, lo que determina que con frecuencia en la iconografía simbolista se la pueda ver retratada como un ángel de serena mirada o una dama alada que porta los atributos de la muerte. Ángeles y seres andróginos son asimismo recursos iconográficos muy habituales en el simbolismo, donde también es posible encontrar criaturas fantásticas, monstruosas y legendarias, junto a otros extraños productos de la fértil imaginación de los artistas.

Jacek Malczewski, Thanatos (1898)
Muzeum Narodowe de Poznan

En cualquier caso, a medida que se va avanzando en el descenso inexorable a los infiernos de la modernidad, se podrá ir viendo cómo el artista tiende a volver su rostro hacia modos de expresión menos grandiosos, a hacer fluir los sentidos del espectador en un sentido más intimista, deseando con ello capturar ese momento en que se verifica un milagroso equilibrio entre la vibración telúrica del paisaje y la placidez del alma, el recogimiento del espíritu o la serenidad de los sentidos. Es ahí donde, en el ámbito pictórico, el simbolismo tardío se entrecruza con el divisionismo y, en ocasiones, con el expresionismo. Donde, en el campo de la literatura, movimientos como la corriente de raíz hispánica denominada modernismo, o la francesa que se engloba precisamente bajo el apelativo de décadentisme, ofrecen un último tributo a las ideas y formas de expresión originadas en Baudelaire, Gautier y Mallarmé. Donde, dentro del mundo de la música, Debussy, Ravel, Duparc, Stravinsky o Scriabin, llevan al pentagrama los ideales de la decadencia en su más elevada y sublime expresión. Concretamente, en el ámbito de las bellas artes, podemos ver en estas manifestaciones tardías, cómo el símbolo tiende a hacerse total, ya que bajo la engañosa apariencia de una aproximación a la realidad, el artista transmite a quien lee o contempla su obra el poder de evocación de las cosas que fueron y de las que no pudieron ser, del amor que florece y del que se marchita, de la luz y de la oscuridad, del caos primitivo y del orden celestial. En definitiva, se diría que el símbolo alcanza la perfección al hacerse principio y fin, al convertirse en la sola manifestación, del profundo vínculo que se establece entre el artista y el espectador -lo mismo vale decir el lector-, un lector y un espectador que, más allá del tiempo y del espacio, establecen entre sí una comunión sensorial y eidética que les proyecta conjuntamente hacia el absoluto.


Por una nueva decadencia

No quisiéramos terminar estos breves apuntes sobre el significado y el alcance de los movimientos que a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX se caracterizaron por llevar a cabo una profunda renovación estética y espiritual, en el campo de las bellas artes, de la literatura y de la música, sin destacar su importancia como referentes a la hora de abordar la magna obra de restauración de nuestra civilización. Lo que aquellos grandes artistas hicieron, más allá de dejar tras de sí un legado cultural de primer orden que no hace sino cobrar mayor importancia con el paso del tiempo, fue abrir los ojos de la humanidad a nuevos horizontes sobre la base de lanzar una mirada -poco convencional o, si se prefiere, en ocasiones  decididamente excéntrica- hacia lo mejor de nuestro pasado. Frente a la engañosas promesas del progreso entendido como producto de una fórmula positivista carente de aliento espiritual y negadora de la riqueza de la tradición y de la historia; frente al vano intento por parte del naturalismo -y de su hermano menor, el realismo- de "humanizar" el arte destacando los aspectos más vulgares y repulsivos de la conducta humana; frente a la creciente imposición de los gustos mesocráticos en la vida social e intelectual de la época, surgen movimientos, pero por encima de todo brotan individualidades, que no se resignan a aceptar sin más el triste signo de los tiempos: la liquidación de los principios de la civilización, el abandono de sus obras y la negación de sus logros. Y lo harán por medio de un arte refinado pero audaz, a veces extemporáneo pero siempre sugestivo y evocador. Un arte que los enemigos de la civilización, unas veces, han tratado de hacer suyo sin exhibir ningún título para ello y, otras, lo han repudiado abiertamente motejándolo de acedemicista y periclitado. Lo cierto es que este arte decadente que ocupara de manera relativamente  fugaz la página histórica de su tiempo, se muestra hoy con renovado vigor para servir de guía a quienes buscan incansablemente signos de la aparición de una nuevo impulso civilizador en occidente.

Giuseppe Pelliza da Volpedo, Passeggiata Amorosa (1901-1902)
Pinacoteca Civica de Ascoli Piceno

Así, a los períodos de decadencia han de seguir siempre otros de pujanza, como de la tierra que cubre las sepulturas surgen las mas bellas flores o como bajo las vetustas ruinas de un castillo aparece un día el tesoro escondido siglos atrás por sus antiguos moradores. El concepto de decadencia, una vez desbordados los angostos límites del efímero movimiento cultural que bajo ese nombre agrupó a algunos literatos y artistas a finales del siglo XIX y principios del XX, alcanza su pleno sentido hoy al ser entendido como una actitud crítica, libérrima, audaz y provocadora ante la vida, el arte y el pensamiento. Una actitud que necesariamente ha de traducirse hoy en la expresión de una repulsa hacia el materialismo, el positivismo y el cientificismo imperantes, a la modernidad tal y como es concebida por quienes la han reducido a los estrechos cauces de esas ideologías. Pero nada se adelanta con repudiar esta era de barbarie en que vivimos si no se toman seguidamente disposiciones para la creación -hablando con propiedad, la recreación- de los elementos fundacionales de la civilización. La decadencia ha de ser entendida como un paso adelante en la apertura de un nuevo ciclo civilizador que, partiendo del acervo inagotable de los logros morales, estéticos y espirituales del pasado, sea capaz de conducir y acompañar a nuevas cohortes de jóvenes amantes de las bellas artes, de la literatura y de la música en su periplo formativo, contribuyendo así a la consecución de obras y realizaciones perdurables que aporten savia nueva a esa empresa civilizadora a la que, más pronto que tarde, el mundo ha de verse nuevamente llamado.

ENRIQUE MARTINEZ

Ilustración de cabecera: Arnold Böcklin - La arboleda sagrada (1886), Kunsthalle de Hamburgo