
Lo sucedido ayer en medio de las calles enlodadas del pueblo valenciano de Paiporta durante la visita de los reyes reviste una importancia excepcional desde el punto de vista humano, institucional e histórico. No es la primera vez que los reyes acuden a un rincón de España para trasladar su apoyo y su aliento a la población tras perpetrarse un atentado, acontecer un suceso trágico u ocurrir una desgracia, como la inundación que el pasado martes asoló varias poblaciones de Levante. Pero sí es quizá la primera ocasión en que gentes de ordinario pacíficas, como son los afectados, los familiares de las víctimas y otras muchas personas que allí han acudido a prestar su ayuda, proyectan su cansancio y su frustración de forma tan virulenta contra las autoridades en visita oficial. Tras el chaparrón de pellas de barro con que fueron recibidos los ilustres visitantes, alguno de los cuales alcanzó incluso a la reina, el presidente del gobierno fue evacuado por su servicio de seguridad con el rostro abatido, el paso vacilante y dando claras muestras de llevar un considerable susto en el cuerpo. En vivo contraste con esa actitud medrosa y deprimida, todos pudieron ver cómo el rey adoptó desde el primer momento una postura valiente y decidida, abriéndose paso entre la muchedumbre para continuar con la visita. En el desconcierto que siguió a la desbandada gubernamental, comenzaron a llover palos sobre la comitiva, acompañados de toda suerte de improperios dirigidos hacia la persona del presidente que, una vez en el coche oficial, abandonó apresuradamente la devastada población levantina.
Mientras tanto, cámaras de televisión y teléfonos móviles comienzan a grabar unas imágenes que ya pertenecen a la gran historia de España. Apenas protegido por una exigua escolta, el rey, quien como decíamos se abría paso con firmeza entre una turbamulta de hombres y mujeres cubiertos de lodo hasta las cejas, ordena imperativamente que se permita a los ciudadanos acercársele. Indignados con la administración por la falta de ayuda y el abandono al que han sido sometidos durante días, desquiciados por la falta de sueño y la fatiga, las imágenes muestran cómo esas gentes sencillas, sorprendidas por el gesto del rey, van cediendo poco a poco en su ira, transformando su violenta frustración inicial en solicitud de socorro, exigiendo
airadamente explicaciones unos, implorando con llaneza la mayoría un gesto de comprensión y consuelo por parte de Sus Majestades. Una comprensión y un consuelo que tanto el rey como la reina fueron prodigando de forma absolutamente improvisada en medio de la confusión del momento. Las cámaras recogen -como nunca pudo verse antes y con seguridad en pocas ocasiones podrá volverse a ver- al rey y a la reina de España consolando a su pueblo, conversando con él, reconociendo su abnegación, haciendo que en la medida de lo posible impere el sentido común, identificándose con la gente en su desgracia, escuchándolos... Porque en último extremo de eso se trataba. Al arrebato de cólera inicial siguió una necesidad de ser oído, de compartir la pena y la preocupación, de sacar de sus corazones el miedo y la frustración -sentimientos profundamente humanos- y volcarlos hacia afuera. Y los reyes estuvieron allí, con el pueblo español, para compartir ese momento, en estrecha unión con su pueblo, del que forman parte indivisible.
Ayer vimos a un rey en su plenitud. Soportando con estoicismo una dura prueba. Mostrando coraje y valentía cuando otros daban un paso atrás. Atemperando, calmando, moderando, frente a quienes se esfuerzan por llevar a cabo a lo contrario: exacerbar, tensar, romper la convivencia entre los españoles. Tendiendo la mano a quien lo necesita y en el momento en que más lo necesita. Las imágenes -no una ni dos, sino cientos- nos lo han mostrado tal como es, haciendo lo que su deber exige y su conciencia le dicta. En suma, tal como debe ser un rey: a un tiempo general y soldado, soberana majestad y simple ciudadano, a la vez padre y hermano. Nunca olvidaré esa imagen de Don Felipe unido en estrecho abrazo con esos dos muchachos que quisieron compartir con él un instante de reposo, de paz, de sosiego, en medio de las agotadoras jornadas que estaban viviendo. No sabían ellos, ni sabemos nosotros, si en ese momento estaban abrazando a un rey, a un amigo o a un hermano. Quizá fuera ese un abrazo místico. Un abrazo en el que Don Felipe pudo ser, por un breve lapso de tiempo, las tres cosas al mismo tiempo: rey, amigo, hermano. Cada uno de ellos frágil y pequeño en su humanidad, los tres juntos parecen más grandes, más fuertes... Se diría que han sido esculpidos en granito y que, como un hermoso monumento, están destinados a permanecer para siempre en ese lugar.
No se si habrán sido muchos o pocos los que se hayan dado cuenta de ello, pero lo cierto es que ayer, en la pequeña población valenciana de Paiporta, ocurrió algo que sólo en raras ocasiones es dado contemplar. Nada más y nada menos que el mismísimo hilo dorado de la historia se mostró en todo su esplendor. Porque es preciso reconocer que lo que se pudo ver en medio de esas calles embarradas no sólo fue el cariñoso abrazo entre el rey de España y dos muchachos, sino que lo que allí sucedió es que, por un instante, tres españoles se unieron espiritualmente con las generaciones que les precedieron, transmitiendo al mismo tiempo -a ellos y a todos quienes nos unimos simbólicamente en ese abrazo- toda la determinación, la fuerza y el coraje que, generación tras generación, hemos venido mostrando quienes tenemos el privilegio de poder llamarnos españoles.